| SENTIDO DE PREREGRINAR A TIERRA SANTA. LA CUSTODIA FRANCISCANA DE TIERRA SANTA |
Tierra Santa es una parte del mundo que no puede pasar desapercibida ni ignorada. Es tierra de historia, es tierra de cultura y es la tierra considerada más Santa. Es la tierra de peregrinos y de las religiones. Es la tierra de mayor emoción en la Fe del cristiano. Acercarse a Tierra Santa es una manera de acercarse más a Jesucristo. Estás en su tierra terrenal. Pisas y ves los lugars en que Jesús vivió entre los hombres. El P. Garrigou-Langrage definía a la Tierra Santa como "el quinto evangelio". Todos los que han visitado los lugares en que se desarrolla la vida de Jesús, localizan y comprenden mejor luego las lecturas y circunstancias del Evangelio. San Gregorio Magno que "allí es fácil ver con los ojos aquello que en otros sitios se cree por la fe". Ir a Tierra Santa es un encuentro cara a cara con Cristo en su casa. Las montañas de Samaría, los olivos de Judea, los campos de Galilea, las aguas del Tiberiades, el fluir del Jordán, los desiertos inhóspitos, y todo lo que allí hay, nos acercan más a Jesús. Al Jesús nazareno. Al Jesús de Galilea. Es como un viaje a esos lugares que uno no ve desde pequeño y al verlos permiten volar y saboreara lo mejor de nuestra vida. Cualquier crisitano debería peregrinar alguna vez a Tierra Santa. Decimos peregrinar, y no viajar, porque sólo viajar a Tierra Santa es desperdiciar la esencia del viaje, es vaciarlo. La Tierra Santa no se puede comprender sin los Franciscanos. Los franciscanos son la savia y la energía de los Santos Lugares. Están allí desde el origen de la Orden Franciscana. Así, en el año 1217 fray Elías, compañero de San Francisco, es nombrado Superior de la provincia de Oriente. Dos años después San Francisco se presenta ante el sultán y obtiene permiso para que sus frailes visiten los Lugares Santos. Desde entonces los franciscanos están presentes en Tiera Santa de forma ininterrumpida para atender a los cristiandos de allí, cuidar a los peregrinos (desde el siglo XIV) y custodiar y proteger los Lugares Santos Cristianos. Dicha presencia y actividad llevó a que dicha Orden fuera nombrada oficialmente por el papa Clemente VI, Custodios en nombre de la Iglesia Católica, de Tierra Santa. San Francisco de Asís viajó a Oriente, donde permaneció varios meses entre 1219 y 1220. En Damieta (Egipto) se encontró con el sultán Malek-el-Kamel. Aquel encuentro significó el comienzo de un nuevo espíritu en las relaciones de la Cristiandad con el Islam, el espíritu de diálogo y comprensión que el Santo inculcó en su Regla a los frailes que eran enviados a la misión entre infieles: misión con el testimonio de la propia vida, antes que con la palabra. Según la tradición en dicho viaje San Francisco fue a Tierra Santa, pero no pudo visitar los Santos Lugares y esa dificultad vinculó a la orden hacia Tiera Santa, hasta e punto de que aún en vida de San Francisco de Asis, el Capítulo general de 1217, que dividió la Orden en Provincias, ya instituyó, como expresión de su voluntad y de su ilusión misionera respecto a los Santos Lugares, la Provincia de Tierra Santa, confirmada en 1263 por el Capítulo general de Pisa. La presencia franciscana en Tierra Santa, que con diversas vicisitudes se ha mantenido siempre, adquirió estabilidad y carácter oficial de parte de la Iglesia en 1342, año en que el papa Clemente VI promulgó dos Bulas: la «Gratias agimus» y la «Nuper carissimae», en las que encomendó a la Orden Franciscana la «custodia de los Santos Lugares». Cuando recientemente, en 1992, se cumplieron los 650 años de tales Bulas, Juan Pablo II envió al Ministro General de la Orden un mensaje de felicitación a la vez que de exhortación a perseverar en el encargo recibido de la Iglesia. Desde 1333 los frailes estaban establecidos en el Cenáculo, junto al que habían fundado un convento, y oficiaban en la basílica del Santo Sepulcro. Todo ello había sido posible gracias a la generosa ayuda de los reyes de Nápoles, Roberto de Anjou y Sancha de Mallorca, que habían comprado a los musulmanes el lugar del Cenáculo en el Monte Sión y pagado por el derecho a oficiar en el Santo Sepulcro. Con el tiempo, la presencia franciscana fue extendiéndose. Limitándonos a los lugares más importantes, cabe señalar: en 1347 los frailes se establecen junto a la basílica de la Natividad en Belén, y en 1485 adquieren el lugar del nacimiento de san Juan Bautista en Ain Karem. Pero en 1523, tras la conquista de Palestina por los turcos, el Cenáculo fue convertido en mezquita, y en 1551 los frailes fueron obligados a abandonar el convento; como dato significativo diremos que actualmente la Custodia tiene su sede oficial en el convento de San Salvador en la misma Jerusalén, pero que el Custodio sigue designándose con el título de siempre: «Guardián de Monte Sión». En 1620 los franciscanos toman posesión del lugar de la Anunciación de Nazaret; en 1631, del Monte Tabor; en 1641 comienzan a tratar la adquisición de la zona del santuario de Caná de Galilea que concluiría, fruto de larga perseverancia, en 1879; en 1661 adquieren la zona de Getsemaní; en 1679, el santuario de la Visitación, en Ain Karem; en 1836, el lugar de la Flagelación, y, en 1867, el de Emaús; en 1880, el de Betfagé; en 1889, el del «Dominus Flevit» y el del Primado de Pedro junto al lago de Genesaret; en 1894, las ruinas de Cafamaún; en 1909, el campo de los pastores junto a Belén; en 1932, el monte Nebo; en 1936 se consigue un lugar cercano al Cenáculo, inútilmente reclamado desde la expulsión de 1523; en 1950 se completa la adquisición del lugar de Betania; etc. Todo lo anterior manifiesta la pasional vocación y entrega a su misión de custodios que la Iglesia les ha encomendado. Todo ello supone además un esfuerzo que nunca podrá ser suficientemente valorado. Todo ello ha sido y es posible gracias a la cooperación de los cristianos de todo el mundo, que siempre han enviado limosnas a Tierra Santa, tanto desde sus lugares de vida tanto a través de sus peregrinaciones. Actualmente esta ayuda llega de modo principal, aunque no exclusivo, por medio de la llamada «colecta de Tierra Santa» que, desde 1887, se realiza el Viernes Santo en todas las iglesias católicas del mundo por disposición del Papa León XIII. Cada año la Santa Sede recuerda a todos los obispos, y por su medio a los fieles, esta colecta que viene a actualizar las colectas de las primeras iglesias, a las que San Pablo estimulaba con fuerza en sus cartas, en favor de la Iglesia madre de Jerusalén. Aunque la mayor presencia se da en la estricta «Tierra Santa», la Custodia se extiende actualmente por las regiones circundantes de Jordania, Líbano, Siria, Egipto, Chipre y Grecia. Según la última estadística (1996), viven y trabajan en la Custodia 317 franciscanos, provenientes de 30 naciones. Esta internacionalidad ha sido y sigue siendo una de las características constantes de la Custodia a través de su historia, ya que es una misión abierta a todos los franciscanos del mundo, y, en su legislación, la Orden estimula a que todas las Provincias envíen algún hermano a Tierra Santa. Los franciscanos custodian los santuarios cristianos, manteniendo el servicio litúrgico en los mismos y acogiendo espiritualmente a los peregrinos que llegan de todo el mundo, a muchos de los cuales guían en diversas lenguas. Para facilitar esta acogida se ha creado una Oficina de Peregrinos y un Centro Cristiano de Información. Hasta el año 1847 en que se restauró el Patriarcado Latino de Jerusalén, los franciscanos eran los únicos pastores de las iglesias locales de rito latino, a las que siguen atendiendo en numerosas parroquias y obras educativas, sociales y culturales. |